Lo que Tu Terapeuta Quiere que Sepas sobre Tu Ansiedad

Queride consultante:

Ayer tuvimos una sesión en donde hablábamos de la ansiedad. Hace mucho tiempo que no experimentas un ataque como aquellos que te solían acechar; de esos que hacían al corazón latir rápidamente, las manos frías y sudorosas, sentirte incluso un poco mareade, el pensamiento de que morirías construyéndose en contra de cualquier lógica. Sí, ya hace tiempo que esas embestidas quedaron atrás, (junto con las largas noches de insomnio). 

Sin embargo, en esta sesión hablabas de la presión en el pecho, esa sensación de que hay algo que no está bien y observando tus pensamientos catastróficos, que después de este tiempo sabes nombrar ágilmente. Observo en tu rostro preocupación, preocupación de preocuparte, ¡qué paradoja!  

Me quedo pensando que – para alguien que ha dejado los ataques de pánico atrás – encontrarse con la ansiedad de nuevo es una experiencia difícil (por decir lo menos). Siento hasta un poco de vergüenza de la voz moralina que surge en mi cabeza, la que te quiere recordar que la ansiedad es una emoción normal, que todos y todas  experimentamos, y que es parte de la complejísima gama que nuestro sistema límbico es capaz de sentir. Más tú lo que quieres es dejar de sentir, pero, ¿qué no era eso lo que nos trajo aquí en primer lugar?  

En el fondo, una de las tantas cosas que complica la experiencia de la ansiedad, es precisamente este deseo por dejar de sentir. Hay muchas muy buenas razones por las cuales queremos dejar de sentir (ya las hemos platicado; quizá en casa no se podía, quizá era incluso peligroso, quizá un cuidador con una neurodivergencia no tratada, quizá el machismo, quizá el tiempo en las pantallas, quizá la alimentación y el microbiota, quizá el alcohol, quizá las relaciones de pareja, quizá todo lo anterior y algo más que no hemos visto) más sentir, queride consultante,  reafirma nuestro lugar en el mundo y la realidad que nos rodea.  

Es difícil. Durante mucho tiempo no tuviste el lujo de sentir, quizá es por eso que te cuesta tanto trabajo ahora.

(Aquí te pediría que lo afirmaras, ¿verdad?, te diría, “ahora dilo afirmándolo”,  y tú me dirías, “es por esto que me cuesta tanto trabajo sentir ahora”,  y  yo diría “y está bien”,  y tú dirías “y está bien”,  y quizá llorarías un poco, y eso está bien, eso estaría muy bien).

Al leer esto, la  imagen de nosotres a en el consultorio ha llegado a tu mente, recordarás que una de tus más grandes herramientas protectoras  es la compasión, es tu capacidad de mirar tu experiencia y decirte que está bien no sentirte bien.

(Te diría, “amplíalo”, y tú me dirías (porque le hemos echado un montón de ganas a esto) “está bien sentirme triste, con angustia- tomarías una pausa y dirías – tengo miedo (…)”,  y yo guardaría silencio.) 

Aquí está la segunda gran herramienta, tu capacidad de mirar tu experiencia emotiva y desmenuzarla, ¿te acuerdas cuándo decías que te hacía sentir bien?, ¡cuánto avance!  

Y esto que podemos hacer en el consultorio, también se puede hacer afuera. Muy lejos están los días en donde con tus amigues más cercanos pretendías que no había problemas. Lejos, lejos están los días en donde con tu familia de origen te quedabas en silencio, aguantando lo que te pasaba internamente, ¿te acuerdas cuando por fin liberaste ese secreto que guardaste por años? ¡un honor atestiguarlo!  (Por lo tanto, te diría:

cuando nos sentimos así ¿qué hacemos?”, “¡ir a esconderme!!!”…

Me dirías y nos reiríamos mucho porque sabemos que sabes) Aquí están tu tercera y cuarta herramientas protectoras: la capacidad de tener estas conversaciones, no sólo aquí, sino allá afuera con la gente que te quiere y que te acompaña en la vida y el sentido del humor.  

Así pues, esta carta, queride consultante, es para recordarte que sientes sentir.  

Un abrazo

Ale.

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Alejandra Hidalgo

Licenciada en Psicología, Maestra en Terapia Familiar y Terapeuta Familiar. Supervisora Junior. Especialista en Psicoterapia de Pareja Sistémico Humanista.

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